Preux et audacieux: Una partida de En Garde!®por e-mail

REAL CRÓNICA DEL XIV ANIVERSARIO (MARZO DE 1639)

Prólogo

Inferno, por Gustave Doré

Quinta fosa del octavo círculo. El Infierno.

Sumergido en pez hirviendo, el espíritu del Comte D'Ille aguantaba el dolor que le suponía el baño que se estaba tomando. Su dolor no era nada comparado con la gran oportunidad que había estado maquinando desde hace algo más de un año. Y mientras los demás gemían y gritaban desesperados, él, sencillamente, reía.

Un demonio menor se le acercó.

-¿Denis Lavosier, por favor?
-Comte d'Ille, ex-Ministro de Estado de su Cristianísima Majestad Luis XIII de Francia, para tí, ex... ¡Arrrggh! -El demonio fustigó al Comte, arrancándole la piel.
-¿Denis Lavosier, por favor?
-Sí, soy yo -respondió.
-Vuestra petición ha sido tomada en cuenta y aceptada. A vuestro verdadero señor le sois simpático y quiere comentaros que le agradará en suma observar el esperado encuentro. Pero añade que de no venir el otro, no podréis salir.
-¿Y mi invitado del Primer Círculo ha aceptado?- respondió un ansioso Comte.
-Sí. Vuestro invitado dice que con gusto acudirá al encuentro organizado siempre que no se desvele ni su condición ni donde se encuentra actualmente al resto de los invitados, y que al día siguiente, todos los vivos olvidarán la presencia de ambos.
-Bien, bien- decía el Comte mientras se frotaba las manos- Preparad mi equipaje.

El demonio se le quedó mirando durante unos breves segundos antes de volver a fustigarle, y se marchó. Al cabo de un rato apareció una llama en frente del Comte, y él comenzó a seguirla mientras atravesaban el resto de círculos. "Infelices, no me volveréis a ver jamás", pensaba.


Tres carruajes fueron necesarios para reunir a los numerosos invitados a la reunión anual que celebran los Secretarios Reales en su casita de la Campiña. En el primero, dirigido y organizado por el siempre atento y solidario Jean Parrot, se encontraban también los cardenalistas Phillipe Valmont y Olivier d'Arzac. Según narran estos caballeros, un espíritu errante no dejó de perseguirles durante todo el trayecto, con el pretexto de ser un gran ayudante de cocina y su ayuda indispensable. Tras aclarar algunos malentendidos se pudo llegar a la conclusión de que se trataba de un descendiente directo del fallecido Guardia Real Jean Paul Le-Mound, amigo personal del difunto Comte d''Ille.

Animado por un personajillo de baja estofa que dice llamarse Julius Kern, el segundo carruaje llegó entre gritos y risas. Mientras nuestro estimado secretario real Marc du Bardine sermoneaba a Jean Cricton, desaparecido de la capital desde hace varios meses, el coronel de los cadetes buscaba a su subordinado Jean Parrot para mandarle a abrevar los caballos y tenerlo todo a punto para su disfrute.

Esperando a que el resto de caballeros llegara a la casita, Olivier d'Arzac fue confinado en las cocinas en compañía del colaborador sobrino de Le Mound, y la siempre encantadora esposa de Tirs d'Abril, que ya había preparado las más deliciosas viandas de su lejana tierra natal.

Aprovechando la distracción del resto de caballeros (a Julius Kern, confundiéndolo con la servidumbre, lo enviaron a recoger calçots a la huerta) Jean Parrot y Phillipe Valmont intrigaban sin cesar en los exteriores de la casa. Uno de nuestros reporteurs pudo escuchar algunas palabras respecto al apoyo que podría prestar la Cofradía de la Caridad a la creciente Asociación de Viudas y Huérfanos de Guardias del Cardenal. Teniendo en cuenta la habilidad de Parrot para estos menesteres no dudamos que estas pobres almas encontrarán consuelo bajo su generosidad.

Tras preguntar a algunos aldeanos (sana y tradicional costumbre de los visitantes) por el camino a la casita de los secretarios, algo más tarde llego al fin el carruaje que portaba al desaparecido Pierre du Fo y a un tal Sevère de Montmorency que suponemos había sido invitado por alguien. El desconocido incluso tuvo la osadía de traerse a su acompañante, pero a decir verdad, su presencia fue tolerada por nuestros caballeros que como todos saben son amantes de las obras de beneficiencia. Por último, y nuevo en este tipo de eventos apareció un tímido Jean-Louis de Faverolles que a medida que fue cogiendo confianza comenzó a quejarse de la falta de atención de sus acompañantes que lo tuvieron esperando en una desconocida posta durante algunas horas. M. de Faverolles tuvo a bien explicarnos más tarde que fue allí dónde conoció al simpático M. de Montmorency y su esposa quienes le tuvieron distraído hasta que alguien encontró a Pierre du Fo dormido en la mesa de la taberna "La Hijita del Molinero" y lo trajeron a rastras hasta el lugar en que se había citado con M. de Faverolles.

Una vez todos reunidos, Tirs d''Abril comenzó a poner un poco de orden y protocolo, enviando a cada caballero al lugar correspondiente a su condición social. Pese a las reclamaciones de algunos caballeros de que a los cardenalistas los colocaran en una mesa aparte, la ausencia de mosqueteros les permitió un respiro y ser aceptados en la mesa principal sin temer por la paz del evento. En un momento de confusión, surgieron algunos insultos hacia los incomprendidos mayores de la Guardia del Cardenal, pero nuestros reporteurs no lograron averiguar su procedencia. Parrot reía sentado junto al fuego mientras fumaba con su pipa...

De este modo comenzó la degustación de los alimentos que los Secretarios habían traído de todos los rincones de Europa y las Colonias. De las tierras circundantes provenían los entremeses, quesos y embutidos que hicieron las delicias de Parrot y Valmont mientras ultimaban sus intrigas. Desde la lejana Japón llegaban unas exóticas ensaladas de patata y un plato llamado kimuchi, definido como "abrasivo" por Tirs d'Abril pero que hizo las delicias de M. de Montmorency, M. de Faverolles y M. du Fo, que han sido mencionados en la orden por tan importante acto de valor. Poco después llegaron de manos del espíritu de M. Le Mound y M. d'Arzac unas patatas que ellos definen como "papas arrugadas" acompañadas por una salsa proveniente de las Islas Canarias. Jean Louis de Faverolles demostró en repetidas ocasiones su disgusto ante este plato, y para evitar que las damas presentes probaran algo tan desagradable, decidió comerse él solito la totalidad de 4 kilogramos de papas. Todo un caballero, cuyas extravagantes costumbres españolas aún mantienen impresionada a la sociedad francesa. Por último, la ya tradicional ingesta de calçots, que pese a lo llamativa, no contó esta vez con ningún duelo de calçots digno de ser relatado (qué tiempos aquellos en que los cardenalistas René Boilot y Lucien de Teau du Lit se batían sin piedad con estas armas tan contundentes).

Cuando ya todos parecían saciados y dispuestos a dejarse amodorrar ante el calor meridional de la sobremesa, el coronel de Cazzote y Marc du Bardine ofrecieron a los invitados unos deliciosos pasteles que no dejaron a nadie insatisfecho.

Fue en este momento cuando comenzó una ininterrumpida entrada y salida de laboriosos criados al servicio de Isabel d'Artois. Esta, que se encontraba en su casa indispuesta, al no poder acudir al evento quiso mantenerse informada de cada detalle de la fiesta y se hizo incluso dibujar algunos minuciosos grabados que le eran referidos cada pocos minutos. Aprovecharon esta situación todos nuestros flamantes caballeros para tratar de cortejar a Mlle. d'Artois y enviarle numerosas notas ofreciendo en ocasiones amistad y los más atrevidos incluso alguna casi indecente proposición. En favor de nuestra adorable Dama Violeta debemos decir que se mostró correcta en todo momento, halagando a todos y cada uno de los caballeros y defendiendo siempre su intachable fidelidad al ausente M. Daralan. No sabemos, eso sí, como se tomará este caballero la descripción que hizo la dama de uno de los grabados de Parrot: "Parrot tiene algo... Mmmmm... Algo sexy". Y ¡qué decir del sonrojo de Parrot al ser leída en voz alta la nota de la atrevida Isabel! El cadete se disculpó acaloradamente diciendo que se encontraba indispuesto y desapareció por los jardines durante un buen tiempo bajo el jolgorio general de nuestros divertidos caballeros.

La atención de los asistentes pasó entonces a los juegos de naipes que Tirs d'Abril había organizado en el salón de juego. Se dispusieron diferentes mesas de juego, en las que los asistentes se entretuvieron durante algunas horas con los originales pasatiempos traídos por M. du Fo y sacados de la célebre colección de M. d''Abril.

Ya se sabe que a nuestros aguerridos caballeros no les gusta perder, y bajo la excusa del ocaso, algunos comenzaron a abandonar la casa despidiendose del resto de asistentes y agradeciendo a M. d'Abril y su esposa la cálida hospitalidad recibida. Otros, aún interesados por el juego y esperando recuperar las coronas perdidas en las apuestas, continuaron en las mesas hasta que, desesperada, la esposa de M. d'Abril se vio en la obligación de poner de nuevo en orden las cocinas, espolear a los criados, y preparar algunas viandas para ofrecer la cena a los incansables du Fo, de MontMorency y señora, Le Mound, d'Arzac y de Faverolles. Este último debido a la distancia a su residencia fue amablemente invitado por los secretarios, con la única condición de que no persiguiera a las criadas cuanto las luces de la casita se apagaran...


Epílogo

Las puertas del Infierno se hallaban justo enfrente del Comte. Por fín conseguiría cumplir sus sueños y abandonar su morada. "No puede fallar nada", pensaba.

Cuando uno de los demonios de la entrada se disponía a dejarle pasar, un recadero llegó hasta él.

-¿Denis Lavosier? Tengo un mensaje para vos. El Comte lo abrió despacio, preocupado por este pequeño retraso y leyó:

Asuntos verdaderamente urgentes me impiden acudir a nuestra cita. Lo siento, tendrá que ser en otro momento.

Villiers.

P.D.: ¿acaso creíste que donde yo estoy no podría mentirte?

La ira del Comte se reflejaba en su rostro, al leer y releer la nota. El recadero se quedó esperando unos segundos, observando su mirada desencajada, que apuntaba hacia las puertas que tenía delante.

-Señor Lavosier, el viaje de regreso debe empezar. Recuerde que al no conseguir lo que deseaba, ha roto su promesa, y deberá pasar una temporada en cada uno de los cìrculos hasta llegar al suyo. A excepción del primero, por supuesto.