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Fiesta del 11º Aniversario de la Real Crónica de Su Majestad Louis XIII - Segunda parte

Saludos, por decir algo, de Gerard Ampourdan. A mi me ha tocado relatar la crónica de la reunión entre varios de los distinguidos -y no tan distinguidos- caballeros de la Cite. No soy hombre de muchas palabras, por lo que esta será una de las pocas veces que me oiréis hablar tanto. El caso es que, pese a mis reticencias, la insistencia del Secretario Real Tirs d'Abril, y admitamos que la obligación, pues le debo algunos dineros, me empuja a relatar el encuentro. Pero como quedamos que a palabra la corona, la crónica se ceñirá a saldar mi deuda. Ni una palabra de más. Perdonad también mis faltas en la narración, pero, como he dicho, las palabras no son lo mío. Por supuesto, y como sobre esto no se me ha dicho nada, hablaré de lo que a mi me plazca y como a mí me convenga, que para algo es mi relato. Y si a alguien le molesta, ya se puede suponer como soluciono yo las cosas. Dos espadas, un amanecer, y ningún lacayo de la justicia a estropear el asunto. Pero comencemos de una vez por todas.

Aprovechando unas recientes vacaciones, y como no me salía ningún trabajo, perdón, ninguna tarea que realizar, me decidí a visitar al Secretario, conviniendo además que otros caballeros de la Cite se reunirían a la vez. El lugar, como no, sería la casa de campo que el Secretario posee en la campiña francesa, cerca del frente de Maastricht, donde los ejércitos de Francia luchan contra los Habsburgo por la gloría de Francía, bla , bla, bla, su hegemonía aún más gloriosa, etc, etc. Me reuní en la parada de postas de Sants con M. Jean Parrot, un tipo simpático y un tanto parlachín que, confieso, consiguió sacar de mí más de dos frases seguidas. Por el camino hablamos un poco de todo, más que nada para darnos a conocer: "hay que ver lo bien que se está en París en estos tiempos, a excepción del trabajo, que siempre falta" y algunas cosas más por el estilo.

Por fin llegamos a la siguiente parada de postas, donde debíamos esperar a M. Vivien Lebron y mandar a un recaredo a avisar a M. d'Abril de nuestra arribada. Mas sorpresa la nuestra cuando se escuchó "Monsieur Parrot, ¡Monsieur Parrot!, ¡¡MONSIEUR PARROT!!", unos gritos se oyeron a nuestras espaldas, y como andábamos un tanto distraídos, no nos dimos cuenta hasta el final de que Tirs d'Abril se hallaba ya en la parada. Por lo visto hacía más de una hora que esperaban a otros caballeros con los que habían quedado antes. Con él se encontraban Dominic Sanglant -Mister Saignant como le gusta decir a cierto general- un tanto indiferente de la situación, y un caballero hasta el momento desconocido por mi. Un joven de provincias, o eso nos comentó, que se estaba pensando venir a Paris, pero que antes de decidirse quería ver un poco el percal. Más tarde nos reveló que su nombre era Jean Cricton. Pero aún debían llegar dos caballeros más, Vivien Lebron y el Secretario Real Marc Bardine. Del primero recibimos noticia pronto: su criado llegó al galope, reventando más de un caballo, para informarnos que su amo no podría acudir a la cita porque, por lo visto, hacía poco que se había levantado. Como recién llegado a París quiso conocer sus famosas fiestas sociales y, como cabía esperar, no llegó hasta las tantas en un estado mas o menos deplorable. Tras un improperio de M. Sanglant por la ausencia de Lebron, un segundo criado trajo la noticia que el Secretario Marc Bardine tampoco podría venir. "Asuntos de la Corte, alguien tiene que trabajar mientras otros se divierten", argumentaba su nota. M. d'Abril se leyó la nota del criado, por supuesto, "Sí, sí, asuntos de la Corte, claro. Seguro que él también se divirtió un rato". Le sugerí que lo resolviera con un duelo, pero los secretarios cumplen con el edicto a rajatabla. Mientras esto sucedía Dominic Sanglant no paraba de mirar mi indumentaria:
-Venís un tanto abrigado para esta época del año, y encima de negro, M. Ampourdan.
-¿Qué queréis? Son mis ropas habituales- le respondí.
En fín, sin contar con todos los caballeros previstos, M. d'Abril nos llevó en su propio carruaje, realizando algunos rodeos para mostrarnos la campiña francesa y conseguir alimentos en la boutique de una tal Paquita, de origen española. Mientras el Secretario y Jean Parrot se entretenían con la compra, Sanglant y yo mismo intentábamos convencer, sin demasiado éxito, a M. Cricton de que se decidiera a venir a Paris. Una vez que los criados cargaron con todo lo necesario seguimos nuestro camino a la casa de campo, comentando algunas de las masacres de caballeros de la Cité.

- Que lamentable fue la muerte de fray Pierre Duval, mientras estaba a cargo del también fallecido M. Ruisseau- comentaba Sanglant.
- No me digais - respondí.
- Una muerte estúpida la de ese fraile. Mira que marchar al frente -continuó Tirs.
- De estúpidos el mundo está lleno - argumenté.
- Recordad todos el dicho marsellés - continuó Parrot - "La vida es corta y la muerte eterna: morir por morir, en la taberna!" y afrontemos la guerra con determinación y frialdad. Nadie quiere morir, pero si hemos de hacerlo vendamos cara nuestra vida. - Todo un poeta, este Parrot.
Llegamos entonces a la casa de campo, ubicada en una posición privilegiada donde el aire siempre refresca el ambiente y la vista se recrea con el paisaje. Mientras Sanglant y Cricton se arrellanaban delante de una caja de tontas marionetas que los criados del secretario manejaban con destreza, M. d'Abril nos enseñaba la casa de campo a Parrot y a mi. Su huerto, sus jardines, las mejoras que quería hacer. Pero como el tiempo apremiaba, se dispuso a preparar el fuego para la comida, con nuestra desinteresada ayuda para mantenerlo. Aunque mas que mantenerlo lo apagábamos, con cierto disgusto del secretario, que acusaba a uno de tener estudios para qué, y al otro de ser ciudad y no de campo. Más o menos nos resolvimos cuando acabó la función de las marionetas, y los dos holgazanes que se quedaron descaradamente lejos de toda responsabilidad aparecieron a los primeros olores que se desprendían de los manjares cocinados.

Durante la comida M. Sanglant empezó a mencionar una y otra vez su asombro por la increible susceptibilidad de algunos caballeros de la cité, especialmente del regimiento de mosqueteros, que "por sólo un par de frases, hay que ver cómo se ponen. Otros caballeros hacen más ruido y tampoco es para tanto". Le respondíamos afirmativamente, para ver si cambiaba de tema, pero ya se sabe cómo es la Guardia del Cardenal, cuando se obsesionan con algo no paran. Tanto es así que Parrot y yo empezamos a tratar algunos asuntos personales mientras Sanglant nos miraba un tanto paranoico a ver de qué hablábamos y M. d'Abril simplemente se lo pasaba en grande oyendo nuestras maquinaciones, sin duda enterado de detalles que desconocemos.

Llego la hora del descanso cuando el secretario nos enseñó el taller de edición de la Real Crónica, quedando Parrot y un servidor bien asombrados de las máquinas disponibles. Por lo visto, Junior y Sanglant ya las habían visto con anterioridad. Después, como digo, se dispusieron de algunas cómodas sillas para descansar y digerir bien la comida, acompañados de una agradable brisa veraniega que incitaba al reposo y a la charla. M. Cricton se interesó más por París y empezó a preguntarle al secretario cual era la mejor zona de París para hospedarse, los clubs mas frecuentados, los diferentes círculos sociales y algunos otros datos de interés. Desde luego Sanglant le recomendó que no se acercara mucho a gente como yo, que con limpiarse con una servilleta después de comer ya mejoraría mucho mi presentación en sociedad. Obvié el comentario por insignificante, y por no hacerle un feo al Secretario, y centré más mi conversación en Parrot y los demás. Cabe decir que no le sentó muy bien a Sanglant, ya que se distanció de todos, mirándonos, de nuevo, con cierta paranoia de vez en cuando y murmurando por lo bajini.

Ya a media tarde, y viendo lo que tardarían el servicio de postas real en dejarme de nuevo en París, sugerí dar por finalizada la reunión, con lo que M. d'Abril nos llevó de nuevo a la parada, a excepción de Cricton, que se quedarían en la casa de campo unos días mas planeando su, esperemos, pronta llegada a la Cité. Puesto que Sanglant, Parrot y yo mismo compartíamos carruaje hasta la posta de Sants seguimos hablando de algunos asuntos personales a tratar en la capital, pero eso ya es otra historia.

...1493 1494 1495, sí. Con estas palabras ya saldo mi deuda.
Sin más,
G.A.

He aquí las obras maestras del pintor contratado para la ocasión; pulsa sobre ellas para verlas ampliadas.

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De izquierda a derecha: Gerard Ampourdan, Dominique Sanglant, el Real Secretario, Jean Cricton, y los pies de Jean Parrot en primer término.
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Aquí monsieur Parrot se percató, por fin, de la posición del pintor.

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