Contra todo pronóstico, Su Majestad Louis XIII concedió un permiso de una semana, a petición de los Secretarios Reales, a un selecto grupo de nuestros más distinguidos caballeros. El motivo fue la celebración del esperado 10º Aniversario del primer ejemplar de la Real Crónica de Su Majestad.
Para tal evento, los Secretarios pusieron a disposición de nuestros caballeros su casa de campo en la campiña francesa, muy cerca del frente de Maastricht donde los ejércitos franceses luchan encarnizadamente contra los Habsburgo.
Con cierto desagrado, Denis Lavoisier, Comte d'Ille y Ministro de Estado, hubo de aceptar la "sugerencia" de Su Eminencia Le Cardinal Richelieu de llevar hasta tal lugar como escolta a dos de los mejores hombres de la Guardia del Cardenal, el Tte. Col. Lucien Teau du Lit y el subalterno René Boilot. Parece ser que el ajetreo del viaje aminoró el recelo de Le Comte hacia sus compañeros, ya que por la noche se les pudo ver juntos en un prestigioso club de Reims, hogar natal de M. Du Lit vaciando algunas botellas de vino.
Por la mañana, el grupo inició su viaje hacia la campiña francesa, necesitando de dos carros para transportar las delicias culinarias que M. du Lit y Le Comte d'Ille habían elegido para la ocasión, así como al gran número de criados y mayordomos de los que el Ministro de Estado no quiso prescindir.
Tras algunas horas de viaje el cochero, bajo la amenazante mirada de un cansado René Boilot, confesó no tener la menor idea del lugar en que se encontraban, a pesar de haber asegurado repetidamente haber viajado en innumerables ocasiones al lugar en el que el grupo debía reunirse con el resto de los invitados. Incluso tuvo la osadía de decir que había nacido allí.
No hace falta decir que el cochero fue dejado a medio camino de Reims y Villenueve mientras varios criados se dedicaban a preguntar a los provincianos por la localización exacta de la parada de postas donde debían reunirse con los Secretarios. Finalmente, fueron unos criados de los propios Secretarios Reales quienes encontraron a los ya aburridos viajeros y los llevaron hasta dicha parada, en la que unos exasperados secretarios, acompañados por Laurent de Boissier y un desconocido al que todos confundían con la servidumbre, esperaban a su Excelencia Le Comte d'Ille y sus acompañantes.
Tras las disculpas pertinentes, y con unas exageradas indicaciones del cochero de los Secretarios que Lucien Teau du Lit no dudó en definir como un tanto impertinentes, anfitriones e invitados llegaron a la agradable casita de campo donde se realizaría la fiesta. Un ajetreo enorme inundó el lugar mientras los criados del Comte d'Ille y el Tte. Col. de la GC preparaban los exóticos manjares traídos desde las colonias indias y el Nuevo Mundo. Se habló un poco de todo y de nada mientras los invitados esperaban ansiosos el toque de la campana que indicaría el comienzo del almuerzo. Pudimos observar a un Lucien Teau du Lit que discutía acaloradamente acerca de las leyes naturales que rigen al fuego con el desconocido, que resultó no ser un criado, sino el hijo del en otros tiempos famoso Capitán Cazotte del Regimiento de Cadetes de la Gascuña. Le Comte d'Ille no perdió ocasión para preguntarle a Monsieur Clement Cazotte: "¿Venís acaso a cubrir una de las numerosísimas bajas a las que M. de Chevreuse ha sometido a su regimiento?" Tras algunas miradas reprobadoras y alguna que otra sonrisa por parte de los contertulios se prosiguió a comentar los resultados obtenidos por nuestros ejércitos en el campo de batalla.
Todo estaba previsto por una excelente organización de los Secretarios, que incluso habían contratado a un pintor para que retratara el momento. Pese a que Laurent de Boissier se mostró un tanto escurridizo y que Le Comte d'Ille no quedó del todo contento con el resultado de su retrato, llegando a amenazar al pintor con una visita a la Bastilla si lo hacía público, nadie se libró del certero pincel del artista.
El almuerzo fue todo un acontecimiento que comenzó con un prolongado silencio de los invitados, mientras disfrutaban de tan espectaculares manjares, y terminó con grandes carcajadas mientras los dos guardias del cardenal, ya un tanto achispados por el fuerte y abundante vino que René Boilot llevó al acontecimiento, intentaban comer, de un solo bocado, unos calçots que a algunos invitados les recordaban a algo que parecía ciertamente divertido.
Aromas orientales llenaron la campiña francesa cuando Tirs d'Abril sorprendió a los invitados con un ingenioso artilugio traído desde el norte de África, que permitía fumar rapé, habiéndose enfriado primero el humo al pasar por un curioso recipiente con agua. Mientras los invitados rechazaron amablemente la invitación a su uso alegando supuestas recomendaciones de los médicos, René Boilot disfrutaba tanto del mismo que mantuvo hipnotizado por momentos al resto con el suave burbujeo del ingenio.
Una vez comenzó a refrescar en el exterior, todos pasaron al salón principal, en el que el pasado de unos y otros se convirtió en la conversación dominante. Se notó un cierto aire de añoranza hacia diversas actividades del pasado que todos confesaron compartir: aquellas reuniones con los amigos de los lugares de origen de cada cual, en los que pasado, presente, futuro, realidad y ficción se mezclaban irremediablemente bajo la imaginación colectiva. Más tarde, los secretarios enseñaron a los incrédulos invitados el taller de edición de nuestra Real Crónica, quedando estos impresionados con las innovaciones técnicas que permiten que mes tras mes, pese a las a veces agotadoras condiciones de trabajo, nuestros secretarios saquen adelante la siempre anhelada crónica.
Cayendo ya la noche, los secretarios propusieron un paseo por las inmediaciones del lugar, en el que los invitados aprovecharon los últimos momentos de la fiesta para dejarse ver en tan selecta compañía ante los curiosos que se acercaron a la campiña para aclamar a sus héroes de guerra. Pero la velada terminó abruptamente: Laurent de Boissier recibió un despacho urgente por el cual se requería su presencia en el frente para hacerse cargo de la Guardia de Dragones mientras que Clement Cazotte se despidió de los presentes y partió con rumbo desconocido. Quién sabe si en breve lo veremos disfrutando de la agradable primavera parisina o tal vez participando en los duros combates que se desarrollan en nuestros frentes.
Actualmente no podemos atestiguar que Le Comte d'Ille y sus acompañantes cardenalistas hayan regresado al frente de Maastricht o si otro cochero perderá su trabajo en los próximos días. Lo que sí nos queda por seguro es que todos los asistentes quedaron totalmente satisfechos con el acontecimiento y convencidos de que en el futuro se podrá repetir el evento contando con una mayor participación por parte de nuestros distinguidos caballeros.
He aquí las obras maestras del pintor; pulsa sobre ellas para verlas ampliadas